
Noruega es hoy una referencia mundial en la transición energética. Pero lo que realmente distingue a este país nórdico no es solo su compromiso con un futuro bajo en carbono, sino la fuente de financiamiento que respalda ese cambio: el petróleo y el gas.
A primera vista, parece una paradoja. ¿Cómo puede un país liderar la descarbonización mientras su economía sigue dependiendo de los hidrocarburos? La respuesta está en la visión estratégica, la disciplina fiscal y la capacidad de traducir riqueza fósil en bienestar y futuro sostenible.
Desde que Noruega descubrió grandes yacimientos en el Mar del Norte en los años 60, ha aprovechado sus recursos con una lógica de largo plazo. El Estado mantiene el control sobre las licencias de explotación y participa directamente en compañías como Equinor. Hoy, el sector energético representa el 20% del PIB noruego y casi el 40% de sus exportaciones.
Lejos de gastar estas ganancias de inmediato, el país creó en 1990 el Government Pension Fund Global, el fondo soberano más grande del mundo, con más de un billón de dólares. Este fondo invierte globalmente y sus rendimientos financian el presupuesto nacional, incluida la transición energética. Solo se utiliza un pequeño porcentaje anual -menos del 3%-, garantizando sostenibilidad intergeneracional.
La política de inversión del fondo favorece cada vez más a empresas con altos estándares ambientales, sociales y de gobernanza (ASG), impulsando globalmente la descarbonización. Este mecanismo ha evitado el "mal holandés" y los excesos comunes en países petroleros: corrupción, despilfarro o dependencia absoluta.
Hoy, Noruega exporta el 95% del gas que produce, en gran medida a Europa, reforzando su papel como proveedor confiable frente a la caída del suministro ruso. En 2024, alcanzó récords en producción de gas y petróleo, exportando 1.6 millones de barriles diarios y 126 mil millones de metros cúbicos de gas. Su planta de Mongstad sigue siendo un punto neurálgico para abastecer de diésel y gasolina a la Unión Europea.
Y mientras lo hace, sigue invirtiendo entre 30 y 40 mil millones de dólares al año en energía. Paradójicamente, el 70% de esa inversión aún se destina a petróleo y gas. Pero no hay contradicción: la estrategia noruega consiste en usar estos recursos para financiar el cambio. De hecho, nuevos descubrimientos como el del área de Yggdrasil, operado por Aker BP, apuntan a mantener ese flujo hasta 2050.
Lo que distingue a Noruega no es solo su modelo financiero, sino el amplio consenso político y social que lo respalda. Hay una visión compartida: los hidrocarburos son un medio, no un fin. El objetivo es construir una economía diversificada, resiliente y baja en emisiones.
Este enfoque pragmático ya lo está adoptando Estados Unidos, que combina su auge exportador con incentivos masivos para energías limpias. Ambos países entienden que la transición energética no se financia sola. Se necesita capital, y el petróleo aún lo proporciona.
¿Y México? Nuestro país también cuenta con recursos fósiles y un Estado petrolero. Pero carecemos de un fondo soberano eficaz, de disciplina fiscal y de visión de largo plazo. La renta petrolera se sigue gastando al año siguiente, sin reservas, sin plan de transición, sin transparencia.
El modelo noruego demuestra que no es necesario renunciar al petróleo de inmediato, pero sí es urgente usarlo con inteligencia. Lo que se necesita es visión de país, institucionalidad y un consenso social que entienda que el futuro sostenible no se construye negando el presente, sino aprovechándolo con responsabilidad.